La misericordia es la práctica del amor y eso supone que es mucho más que un sentimiento de simpatía y por supuesto que un sentimiento de lástima que no va más allá de apenarte por el otro, sin más. La misericordia es ponerse junto al otro que me necesita, ya que he incorporado sus necesidades, sus miserias, a mi propio corazón, para atenderlo. Se manifiesta en la amabilidad, la asistencia al necesitado,… y de manera especial en el perdón y la reconciliación. La misericordia desarrolla la capacidad de compadecerse por los que sufren y la virtud de ser benévolos al tener que valorar, juzgar o corregir las acciones de otras personas, fomentando un corazón solidario con quienes sufren o tienen necesidad.

Hasta tal punto es la viva presencia del amor y fruto de él, que es uno de los principales atributos de Dios. ¿Podría alguien imaginar cómo se desarrollaría el mundo si nuestros corazones fuesen misericordiosos? Su Reino, el de Dios, estaría ya entre nosotros.

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