Mustafá y Fermín

Llegó a mis oídos la noticia de que un señor estaba durmiendo en los soportales de los edificios situados enfrente de la iglesia. Había hecho de ellos su morada de pernocta, entre los portales de entrada de los vecinos a sus domicilios…

Al parecer se trataba de una persona tranquila, que no se metía con nadie y a la que, de vez en cuando, algún alma caritativa llevaba un bocadillo y un brick de zumo o leche que él recibía con agradecimiento. Dormía sobre una colchoneta de espuma vieja y llena de agujeros que escondía en algún rincón de los alrededores mientras se lanzaba a la aventura de la calle durante las horas de sol. Era prudente y no quería ser excesivamente llamativo en ese lugar, al menos no más de lo imprescindible. Con poder pasar la noche a cubierto y algo resguardado del gélido y húmedo aire nocturno se daba por contento.

Sin embargo, mucho me temía que este buen hombre tenía allí sus horas contadas. Ningún vagabundo se había instalado antes en ese lugar y los vecinos no estaban por la labor de permitir crear precedentes. Constituiría un serio problema de convivencia que las entradas a las casas estuvieran “adornadas” con cartones y colchonetas de todo tipo, “perfumadas” por olores orgánicos tan penetrantes como desagradables y “custodiadas” por personajes seguramente no tan bien educados como nuestro vagabundo pionero. Actitud ciertamente comprensible, por otra parte.

Es por ello que no me sorprendió mucho que una tarde apareciera en el despacho de la parroquia mientras estaba trabajando. Era un anciano delgado, vestido pobremente pero no sucio, de aspecto muy humilde pero digno. Sus manos ásperas delataban que había trabajado mucho en el campo o en la construcción, y su piel morena y ajada que el sol le había zurrado de lo lindo, aunque él de por sí ya era moreno.

Al principio apenas conseguí entender nada de lo que me decía. Parecía asustado y chapurreaba atropelladamente una mezcla rudimentaria de palabras en francés, español y árabe. Al oír este último “deje” supuse era magrebí, de Argel o Marruecos. En su mano llevaba una hoja de papel que me mostró inmediatamente pues era consciente por la expresión de mi cara que yo no entendía casi nada de lo que me decía. En él los vecinos le comunicaban que no podía pernoctar donde lo venía haciendo desde hacía unos días. Debía marcharse.

“O sea, que es él”, pensé yo…. “¡el señor que dormía en los soportales!”… Tras leer el contenido de la hoja le miré en silencio. El abuelo parecía desesperado y se puso a llorar. A esas horas de la tarde no sabía adónde ir y tenía miedo de dormir fuera de un barrio que él consideraba seguro. Sospeché, por tanto, que no era una persona de la calle. No estaba curtido por ella ni acostumbrado a sus peligros. Tampoco a deambular de aquí para allá. Además, aunque persona muy sencilla, se le notaba educado y correcto. Pobre, pero infundía la extraña sensación de que era persona de confianza: un trabajador caído en desgracia por alguna razón.

Fue entonces cuando me enseñó otros papeles: su pasaporte (era marroquí, efectivamente) y unos documentos de la policía que certificaban que estaba en tramitación de la renovación de su DNI (no NIE, lo cual me llamó la atención). Se llamaba Moustafá. Y, entonces, a trancas y barrancas me dio a entender que había trabajado durante muchos años en España, en el campo, y que ahora vivía en Casablanca con su mujer e hijos. Tenía nacionalidad española, aunque chapurreara malamente el castellano, y había venido a renovar papeles pues lo necesitaba para seguir cobrando su pensión. Con los pocos ahorros que tenía, dejó a su familia y se vino él solo a Barcelona (no había dinero para venir acompañado). Pensó que los trámites durarían pocos días y podría regresar pronto a casa, pero no fue así. Todo se alargó más de lo debido: varias semanas; se le acabó el dinero y acabó durmiendo en la calle. Deambuló de un lado para otro, le intentaron robar lo poco que le quedaba y, asustado, acabó aterrizando en el barrio donde se instaló en los soportales frente a la iglesia.

“¿Y qué hacemos contigo?”… le pregunté. El anciano me miró con sus ojos húmedos sin saber qué responder. Lo único que acertó a decirme es que por lo menos le dejara lavarse en algún sitio y que dentro de una semana tendría los papeles y podría regresar a su país.

“A grandes males, grandes remedios”…. Y de esta manera durante todos esos días durmió protegido en el almacén de la parroquia y pudo alimentarse y asearse en el Hogar Mercedario. Respondió ejemplarmente a la confianza que depositamos en él. Del almacén no faltó ni un alfiler, y aunque le decíamos que tras la comida o la cena podía quedarse un rato con nosotros viendo la tele, él prefería no molestar y educadamente marchaba a la calle o se iba a dormir. No fue carga alguna para nosotros. Lo único que nos pidió como favor era que no le diéramos carne de cerdo al ser musulmán. No supuso problema alguno…

Tal como prometió, al cabo de una semana recibió su nuevo DNI y sus papeles de la pensión renovados. Como intuía que no tenía un duro, Cáritas parroquial le pagó el billete de regreso en barco. Llegó sano y salvo a su casa y todo acabó bien…

Pero lo que más me impresionó, y es lo que quiero resaltar del presente artículo, fue su manera de despedirse cuando recogió su bolsa con sus pertenencias en el almacén. Estábamos los dos solos a punto de salir por la puerta y antes de decirle “adiós”. De manera repentina, dejó su bolsón en el suelo, se prosternó delante de mí, y sin sentir la menor vergüenza dio gracias a Dios diciendo “Allah akbar”, “Allah akbar”, “Allah akbar” (Dios es grande, Dios es grande, Dios es grande) con la misma fe y certeza que si Dios estuviera en ese mismo momento presente ante nosotros, contemplándonos. Su mirada la tenía fija en un punto concreto delante de él, como si allí estuviera Dios; y de rodillas, desde el suelo, le mostraba al Señor mi persona apuntándome con sus manos extendidas como diciendo: “míralo, Señor, mira lo que han hecho conmigo”. Y así varias veces…

sin sentir la menor vergüenza dio gracias a Dios diciendo “Allah akbar”, “Allah akbar”, “Allah akbar” (Dios es grande, Dios es grande, Dios es grande) con la misma fe y certeza que si Dios estuviera en ese mismo momento presente ante nosotros, contemplándonos

Me conmovió profundamente la fe de este hombre tan humilde, tan sencillo, tan digno y tan agradecido que supo dar gracias a Dios por todo, lo malo y lo bueno, y a quienes le habían echado una mano, pidiendo su bendición hacia ellos con una naturalidad tal que provocaban en mí sentimientos de asombro y agradecimiento. Sí, de agradecimiento por esta lección de fe. Era yo el que agradecía su oración y me sentía también cómplice de ella, sumergido en su plegaria ante un Dios que, nombrado de diferentes maneras, era el mismo para los dos y nos contemplaba a ambos desde la sencilla pared de un pequeño almacén…. Acto seguido, el venerable anciano se puso de pie, me dio un estrecho abrazo y me besó las mejillas y la frente como a un hijo, según su tradición. Al salir por la puerta, nos sacamos una foto y se despidió con una sonrisa mientras me decía: “tienes que venir a mi casa”….

Me conmovieron mucho las imágenes del Jubileo de los pobres y de los presos que convocó el Papa Francisco a finales del año de la Misericordia. Esos rostros endurecidos por tanto abandono, sufrimiento y desprecio lloraban como niños ante las cariñosas y paternales palabras de Francisco mostrando ante el mundo que los pobres, los sin techo, los vagabundos, los presos son personas tan dignas como cualquiera, como tú y como yo. No son seres invisibles, sin rostro ni historia. No son “no-humanos” por no tener nada o por su carga de miseria. Merecen ser mirados como Dios los mira. El caso de Moustafá es iluminador, lo mismo que el de todos los que duermen en la calle: detrás de su desgracia hay una historia humana.

Si de verdad quieres encontrar a Cristo en Navidad y en tu vida, no te olvides de los pobres. Si quieres sentir su misericordia en tu vida, apiádate de ellos. Ellos son el rostro de Dios, míralos siempre con amor: desde ellos El te ve a ti

Creo que el Papa colocó a propósito este Jubileo de los pobres y los presos en la recta final de este Año de Gracia, en el momento estelar del mismo, para dar importancia al mensaje de que sin un corazón sensible hacia los pobres no se puede llegar a Dios. Fueron impactantes sus palabras de perdón a los pobres presentes en la plaza de san Pedro y a Dios por las veces en que los cristianos hemos girado la cara para no verles o por nuestro corazón en ocasiones insensible. Algo para hacernos meditar, el primero yo.

En su carta apostólica recién salida “Misericordia et misera” ha decretado el último domingo del tiempo ordinario previo a Cristo Rey como el domingo de los pobres. En este tiempo de Navidad acordémonos también de que Jesús nació pobre. No en un palacio sino en un establo donde viven los animales. No entre sábanas de seda o algodón sino entre pajas y teniendo como cuna un comedero de las bestias…

Si de verdad quieres encontrar a Cristo en Navidad y en tu vida, no te olvides de los pobres. Si quieres sentir su misericordia en tu vida, apiádate de ellos. Ellos son el rostro de Dios, míralos siempre con amor: desde ellos El te ve a ti. Feliz Navidad…. También a ti, amigo Moustafá…

1 comentario

  1. ¡Qué bello artículo!(y qué bien escrito está).
    ¿Qué bonito poder dar testimonio de esta manera y al tiempo decirle al mundo que no hay barreras entre humanos, que al final todos somos lo mismo: personas.
    Dios sigue cuidando a Mustafá donde quiera que esté y con seguridad seguirá hablándole a Dios de ti.

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