No quisiera parecer soez, pero lo cierto es que ante Dios todos estamos en cueros vivos. Sí, en No quisiera parecer soez, pero lo cierto es que ante Dios todos estamos en cueros vivos. Sí, en pelota picada o como queramos llamarlo; como Adán y Eva en el paraíso. A la búsqueda de un matorral bien tupido que oculte nuestras vergüenzas porque todos tenemos cosas que tapar. Seguramente no querríamos si quiera que hubieran existido nunca, pero ahí están: formando parte de nuestra historia como molestas sanguijuelas que sorben nuestra alma con cada recuerdo y que desearíamos eliminar definitivamente de nuestras vidas. Los errores pesan, y como dice Jesús: “el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Todos estamos desnudos… Todos somos pecadores…. Yo soy pecador…

Sin embargo, existe un colectivo de personas en los que esta realidad aún es más grave porque su pecado o desviación moral se ha traducido en delito. Han realizado actos cuyas consecuencias de cara a los demás han sido graves, originando daño, perjuicio, sufrimiento o muerte. Me refiero al mundo de los presos.

Si bien el año de la misericordia es un regalo para todos los cristianos y una ocasión para cubrir nuestra “desnudez” con el “traje” de la gracia y borrar nuestra “vergüenza” con el abrazo del Padre que, cuales hijos pródigos, nos retorna la dignidad perdida con su amor traducido en perdón; de cara a los presos los efectos espirituales, sanadores y regeneradores, de esta puerta santa abierta de la misericordia aún son mayores. Como dice el Papa Francisco en su bula Misericordiae Vultus: “Que la palabra del perdón pueda llegar a todos y la llamada a experimentar la misericordia no deje a ninguno indiferente. Mi invitación a la conversión se dirige con mayor insistencia a aquellas personas que se encuentran lejanas de la gracia de Dios debido a su conducta de vida. Pienso en modo particular a los hombres y mujeres que pertenecen a algún grupo criminal, cualquiera que éste sea. Por vuestro bien, os pido cambiar de vida”.(19)

Efectivamente, todos podemos cambiar de vida, y los presos también. En los más de 12 años que llevo viviendo en el Hogar Mercedario, con los residentes procedentes de la cárcel, todavía no he conocido a ninguno que, si tuviera en su mano la capacidad para borrar errores del pasado, no lo hubiera hecho. Esto significa que en el fondo de sus almas existe un sentido de arrepentimiento y de conversión. Y es que, aunque algunos no lo crean, los presos no son seres demoníacos intrínsecamente malos y que ya nacen así de “feos”. Recuerdo el niño soldado africano protagonista de la película (muy recomendable) “Beats of no nation”, que al final de la misma confesaba ante su maestra, tras haberse visto obligado a cometer un sinfín de tropelías: “Yo también tuve un padre, una madre, unos hermanos que me querían…”.

Los presos también tienen corazón, y no tengo reparos en reconocer sin ánimo de caer en absurdos “buenismos” que algunos de los que yo he conocido son mejores que el mío.

Los presos también tienen corazón, y no tengo reparos en reconocer sin ánimo de caer en absurdos “buenismos” que algunos de los que yo he conocido son mejores que el mío. Recuerdo aquel joven de mirada fría, acerada, endurecido por una vida difícil que en un momento de su estancia en el Hogar confesó que cuando perdió a su madre con 8 años desaparecía de su casa las noches siguientes hasta el amanecer. Su familia, un tanto desestructurada, inicialmente no reparaba en ello hasta que lo descubrieron y empezaron a pensar mal. Sospechaban que estaría golfeando con malas compañías hasta las tantas y acabaría teniendo problemas. Pero no… El niño no se iba de casa para frecuentar personas de mala vida o para coquetear con el delito, sino que saltaba la pared del cementerio para estar su madre. Es más, para dormir al lado de ella en un nicho vacío adyacente. Necesitaba sentirla cerca. No aceptaba su partida. Quería sentir su calor…. Nadie nace delincuente.

Decía San Agustín que “a Dios les es más fácil reprimir su ira que su misericordia”. Y esto es así porque Dios conoce nuestro corazón mejor que nosotros mismos. Le basta que en él siga brillando una tenue ascua de bondad, ternura o amor para seguir esperando ese momento en que su abrazo de Padre lo inflame de nuevo y vuelva a entonar latidos de Vida. Para El nadie está perdido: es un hijo. Hasta el último minuto aún “hay partido”, como le pasó a San Dimas, el buen ladrón…

a Dios les es más fácil reprimir su ira que su misericordia

Si Dios es así de bueno para conmigo… “porque es eterna su misericordia” (salmo 135) ¿seré yo el primero en lanzar la primera piedra que cause la muerte?.

Año de Misericordia. Año de Resurrección, la tuya, la mía…. y la de mi hermano extraviado, también.

 

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