A pesar de que mucha gente no sea consciente de lo que hace y de cómo vive, cada persona debe vivir la vida aceptando la voluntad de Dios que, sin que lo entendamos en muchas ocasiones, nos pide que vayamos por donde no nos habíamos imaginado. Además de aceptar su voluntad, también debemos tener un proyecto según el cual consideremos hacer alguna cosa y no otra.

Unirse al cónyuge implica haber aceptado hacer un proyecto de vida en común, entre los dos, que implique a los que ahora son un nosotros por su propia voluntad. Tal como se unió Rut a su suegra Noemí cuando aquella le dijo: ¡No me pidas que te deje y me separe de ti! Iré a donde tú vayas y viviré donde tú vivas. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios. Moriré donde tú mueras, y allí quiero ser enterrada.

¡Que el Señor me castigue con toda dureza si me separo de ti, a menos que sea por la muerte! (Rt 1, 16-17)

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